1/5 Marcha ambientalista, el jueves, en la apertura de sesiones ordinarias.
Allá por los noventa circulaba en las aulas de las universidades entrerrianas -seguramente también en las de todo el mundo occidental- un texto breve de Jürgen Habermas: “La Crisis del Estado de Bienestar y el agotamiento de las energías utópicas”.

Siempre en fotocopias (no más de 20 folios) la publicación hablaba del Estado de Bienestar como aquello que en los 40, los 50, en el mundo, con una versión local en el peronismo, pretendía poner un freno al capitalismo, promoviendo una versión que atendiera a los derechos sociales de los asalariados, sin poner en debate, jamás, la propiedad de los medios de producción. No era menor la hazaña. Había que ponerle freno, antes que nada, al marxismo que todavía entonces, en el mundo, amenazaba con la revolución que hiciera volar por los aires la propiedad privada y pusiera en marcha --recién ahí-- “la historia”, según esta teoría, instaurando de una vez y para siempre la colectividad de las fuerzas productivas.

“El Estado es bueeeeno”; “El Estado te protege”, ironizaba el profesor Gustavo Lambruschini. El filósofo resumía así la “falacia” del Estado de Bienestar, comentando el texto en las aulas de la Facultad de Ciencias de la Educación de la UNER.

Habermas hablaba de la crisis del Estado de Bienestar. Para la Argentina de los 90, esa crisis se expresaba en su manera más descarnada. Y el Estado de Bienestar era sólo un buen (o mal) recuerdo, según se mire.

Sueños colectivos

El puñado de fotocopias traía otra “verdad” para el mundo de entonces: el agotamiento de las energías utópicas que se sustentaron en el trabajo, en el mayor crecimiento de la economía. Por derecha y por izquierda, los horizontes se desmoronaban: el capitalismo debía encontrar otra vuelta para sustentar el crecimiento y la explotación; la izquierda ya no podía sustentar todo relato de liberación en el escenario de la fábrica y a la clase que debía habitarla como exclusiva protagonista. En el medio, se topaban con los límites todos los modelos políticos que se ordenan en torno a la idea del “trabajador”.

Lambruschini nos hizo tomar nota de otro punto del texto. La caída de la utopía sustentada en el trabajo no suponía en modo alguno el desguace del potencial utópico de la humanidad, de una vez y para siempre.

Con el texto de Habermas en mano, el docente subrayaba el rol de dos movimientos invisibles para ese entonces: el ecologista y el feminista.

Los apuntes aludían a las reglas de juego del Estado, de la política y el poder, mencionaban una serie de “capas” que ordenan la dinámica política y ubicaban debajo de las mismas a estos sectores. Habermas encontraba a ambientalistas y feministas allí, “por debajo, en un tercer terreno en el que las corrientes comunicativas difíciles de comprender determinan la forma de la cultura política y (...) compiten por aquello a lo que Gramsci llamó hegemonía cultural”.

El texto añadía una definición contundente, o tal vez haya sido reflexión de Lambruschini ya que así, textualmente, no es posible encontrarlo en esta relectura. Se afirmaba que estos movimientos --ecologista y feminista-- eran verdaderamente irreconciliables, por naturaleza, con el sistema capitalista en cualquiera de sus versiones.

No hay modo en que el sistema de explotación que rige la vida del planeta conceda la liberación de la mujer, ariete indispensable, irremplazable para la organización, reproducción y sostén de la fuerza de trabajo.

No hay modo en que el capitalismo transija con el movimiento ecologista, que ceda en la voraz explotación de los recursos naturales y la contaminación del mundo.

Historia comprimida

En los noventa, estaba lejos de ser visible el rol que les cabía a estos sectores en la Argentina y el mundo. Aún así en los veintialgo de años que han pasado nos hemos quedado rumiando aquel precepto, intuyendo que ganaba cuerpo en la realidad cotidiana, aunque siempre allí, en aquel “tercer terreno”, en esa capa de abajo, disputando “hegemonía cultural”, ajeno al terreno de la política partidaria tradicional.

Cambió todo en demasiado poco tiempo. Faltaba que llegara en América Latina una reedición espasmódica del Estado de Bienestar -o del Estado social, más garante de distribución y de derechos que de consolidación de un modelo de crecimiento económico.

En 20 años, el sistema capitalista llegó lejos. Y derrumbada esa insinuación del Estado Social, a fuerza de errores, de votos o de golpes institucionales, queda este presente que desentona con el cuidado del medio ambiente, con el humanismo, este “espíritu de época” que pretende descalificar la solidaridad y la política, fortalece la impotencia, tienta con la resignación.

Visibilidad

En 20 o 25 años, además, las organizaciones ambientalistas y de defensa de las mujeres no sólo ganaron visibilidad si no que se han convertido en motores indispensables, ya no para la transformación, si no para sostener la vida.

En 20 años, golpea los ojos la verdad que en el desierto exponían los movimientos ecologistas. Nos quita el sueño recibir otra vez, en el teléfono, las imágenes plateadas de los peces agónicos, flotando en nuestros ríos envenenados.

Nos angustia y tememos que sea tarde pero viralizamos los datos que dan cuenta del cáncer, las deformaciones genéticas, los problemas neurológicos consecuencia de agrotóxicos que un ministro de Agroindustria de la Nación iguala con insecticidas para mosquitos.

Las organizaciones feministas también se han hecho visibles. Tanto que en una siesta cualquiera no cae el rating de un programa de chimentos que debate el aborto legal, seguro y gratuito.

Claro que se han hecho visibles las organizaciones feministas. Aborrecibles, detestables, abominables para el sistema que se sostiene en la explotación de la mujer. Se han hecho visibles, ganan terreno a fuerza de solidaridad, compromiso, convicción.

Se han hecho visibles porque, además, ganaron la calle. En Entre Ríos, se ha institucionalizado la “ronda de los martes” para mostrar la realidad -hasta hace poco leída como ciencia ficción-- que se vive en los pueblos fumigados.

Las organizaciones de mujeres ya se organizan para la reedición, también en la provincia, del Paro Internacional de Mujeres el próximo 8 de marzo.

Decía Habermas en el texto citado, de 1988, que las utopías habían atado tradicionalmente la emancipación al aumento del poder y de la producción de la riqueza social. Y postula entonces que “la razón instrumental que se manifiesta en las fuerzas productivas (...) tendrían que allanar el camino a una vida más digna, más igualitaria y al mismo tiempo más libertaria”.

El futuro ya llegó. Ecologistas y feministas reviven a su modo la utopía, se han vuelto indispensables, disputan hegemonía y convocan a marchar.
Fuente: Página Política

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